En el tránsito del siglo XVIII al XIX se producen transformaciones en los cánones estéticos que afectan a todas las artes y a todas las facetas de la vida. Ahora que estamos empezando a abordar el movimiento romántico, no podemos dejar de hacer referencia al paisajismo y al cambio de gustos en lo que se refiere a la noble arte de la jardinería. Ya sabéis, queridos alumnos, que las obras literarias y pictóricas reflejan a menudo la naturaleza. Eso es especialmente aplicable al Romanticismo, como hemos visto estos días en clase. Pero no solo nos referimos a la naturaleza salvaje, indómita (cuya importancia en este período ya conocéis), sino a la naturaleza moldeada pacientemente por el hombre en parques y jardines.
Si el siglo XVIII, con su gusto por lo racional y el sometimiento a las reglas de todo tipo, tenía preferencia por el jardín francés, de formas geométricas, de setos esculpidos, caminos dispuestos de forma laberíntica, pero simétrica, y fuentes y estatuas de inspiración grecolatina,

el Romanticismo se inclina por el jardín inglés, aparentemente espontáneo, salvaje; caminos tortuosos; vegetación variadísima en colores y alturas; fuentes y estanques de apariencia natural, arroyos; rincones para la soledad (como templetes, bancos bajo los árboles, puentecillos y hasta cuevas o ruinas).


Yo me confieso rendida admiradora del inglés. Vosotros, alumnos, ¿cuál preferís?